L’ultimo dei Mohicani, selezione di poesie di Francisca Aguirre

La ciociara, Vittorio De Sica, 1960

L’ultimo dei Mohicani, selezione di poesie di Francisca Aguirre a cura di Anna Belozorovitch.

     

    

Francisca Aguirre, nata ad Alicante il 27 ottobre 1930, figlia del pittore Lorenzo Aguirre, vittima della dittatura franchista, è una delle voci essenziali della generazione di poetesse spagnole nate e cresciute sotto il segno della Guerra Civile. Poetesse che dovettero iniziare la loro opera in mezzo a una doppia censura e un doppio esilio interiore: scrivere sotto la dittatura franchista e cercare di farsi ascoltare in un panorama poetico stabilito e occupato fondamentalmente da uomini. Francisca Aguirre pubblicò il suo primo libro di poesie, Itaca, nel 1972: da quel primo libro, la sua opera è stata attraversata dall’evento della Guerra Civile spagnola, dai temi dell’infanzia, da un frequente ricorso alla mitologia classica e da una insistente e ostinata preservazione della memoria come strumento di salvezza di fronte all’ingiustizia dell’oblio ideologico ed esistenziale. La sua poetica è un’enunciazione trasparente, una fuga verso quella zona della parola che dà nome a quanto di fraterno può esserci nel cuore umano. I suoi primi sei libri di poesie (Itaca, Los trescientos escalones, La otra musica, Ensayo General, Pavana del desasosiego, Los maestros cantores) sono stati raccolti sotto il titolo Ensayo General (poesia completa 1966-2000). In seguito ha pubblicato la Herida Absurda (2006), Nana per dormir desperdicios (2008) e Historia de una anatomia (2010). Tra i tanti riconoscimenti alla sua opera: Premio della critica valenciana, Premio International de Poesía Miguel Hernández, Premio Alfons el Magnànim, Premio Nacional de Poesía.

Vi proponiamo una selezione di testi a cura di Anna Belozorovitch tratti dall’antologia “Paesaggi di carta”, Multimedia edizioni 2012, traduzioni a cura di Raffaella Marzano e Guadalupe Grande.

     

El último mohicano 

                                   A mi madre

   

No tuve nada y, sin embargo, de algún modo,
comprendo que lo tuve todo.
No teníamos nada, nada
salvo el miedo, el dolor,
el estupor que produce la muerte.

Cuando mataron a mi padre
nos quedamos en esa zona de vacío
que va de la vida a la muerte,
dentro de esa burbuja última que lanzan los ahogados,
como si todo el aire del mundo se hubiese agotado de repente.
Ahí nos quedamos,
como peces en una pecera sin agua,
como los atónitos visitantes de un planeta vacío.

Nada teníamos,
aunque también es cierto que ya nada queríamos.
Recuerdo bien que a mi hermana Susy y a mí
nos dieron la noticia en el cuarto de aseo
de aquel colegio para hijas de presos políticos.
Había un espejo enorme
y yo vi la palabra muerte crecer dentro de aquel espejo
hasta salirse de él
y alojarse en los ojos de mi hermana
como un vapor letal y pestilente.
Nada ha logrado hacerme olvidar aquellos ojos,
salvo algunas horas de amor
en que Félix y yo éramos dos huérfanos,
y el rostro milagroso de mi hija.
Y nada más tuvimos
durante mucho tiempo.
Pero mamá tuvo menos que nadie.
Mamá quedó como un espejo sin azogue.
Lo perdió todo
salvo un hilo delgado que la unía a nosotras,
y por aquel inconcebible puente
–como tres hormiguitas–
íbamos y veníamos a su estatua de vidrio
restituyéndole el azogue.
Volvió a nosotras desde el país del hielo
y volvió tan absolutamente
que gracias a ella, nosotras, que nada teníamos
lo tuvimos todo.
Mamá fue nuestro Espasa,
fue nuestro Guerrero del Antifaz,
el País de las Hadas,
la abundancia dentro de la miseria,
nuestro mejor amigo,
nuestro escudo contra los moros,
la enamorada de las bellas artes,
la que hizo posible que papá no muriera,
la que lo fue resucitando en cada uno de sus cuadros.
Mamá fue quien nos dijo que mi padre admiraba a los griegos,
que adoraba los libros,
que no podía vivir sin la música
y que fue amigo de Unamuno.

Cierto que no tuvimos nada,
que muchas veces nos faltaba todo.
Pero aunque algunos días no comimos,
tuvimos una radio para oír a Beethoven,
y un día de Reyes de mil novecientos cuarenta y cuatro
mamá y los tíos fueron al Rastro:
nos compraron tres libros:
La cuesta encantada, Nómadas del Norte
y El último mohicano.
Dios sabe cuántas veces habré leído esos libros.
Mamá nos trajo El último mohicano
y de la mano de ese indio solitario
entramos en el mundo de lo maravilloso
y lo tuvimos todo para siempre.

Y ya nadie podrá quitárnoslo.

*

L’ultimo dei Mohicani 

                                   A mia madre

    

Non avevo nulla e, invece, in qualche modo,
capisco che avevo tutto.
Non avevamo nulla, nulla
salvo la paura, il dolore,
lo stupore che produce la morte.

Quando uccisero mio padre
restammo in quella zona di vuoto
che va dalla vita alla morte,
in quell’ultima bolla che lanciano gli annegati,
come se tutta l’aria del mondo si fosse esaurita di colpo.
Restammo lì,
come pesci in una vasca senz’acqua,
come gli attoniti visitatori di un pianeta vuoto.

Non avevamo nulla,
anche se è altrettanto certo che nulla volevamo.
Ricordo bene che a mia sorella Susy e a me
diedero la notizia nella stanza da bagno
di quel collegio per figlie di prigionieri politici.
C’era uno specchio enorme
e io vidi la parola morte crescere in quello specchio
fino ad uscirne
per abitare gli occhi di mia sorella
come un vapore letale e pestilente.
Nulla è riuscito a farmi dimenticare quegli occhi,
tranne qualche ora di amore
in cui Felix ed io eravamo due orfani,
e il volto prodigioso di mia figlia.
E nulla di più avemmo
per molto tempo.
Ma mamma ebbe meno di tutti.
Mamma restò come uno specchio senza mercurio.
Perse tutto
tranne un filo sottile che la legava a noi,
e attraverso quel ponte inconcepibile
– come tre formichine –
andavamo e tornavamo dalla sua statua di vetro
rendendole il mercurio.
Tornò a noi dal paese del gelo
e tornò tanto assolutamente
che grazie a lei, noi, che nulla avevamo
avemmo tutto.
Mamma fu la nostra Enciclopedia,
fu il nostro Guerriero Mascherato,
il Paese delle Fate,
l’abbondanza nella miseria,
il nostro miglior amico,
lo scudo contro i mori,
l’amante delle belle arti,
quella che fece sì che papà non morisse,
quella che lo resuscitava in ogni suo quadro.
Fu mamma a dirci che mio padre ammirava i greci,
che adorava i libri,
che non poteva vivere senza la musica
e che fu amico di Unamuno.

Certo che non avemmo nulla,
che molte volte ci mancava tutto.
Ma anche se qualche giorno non mangiammo,
avevamo una radio per sentire Beethoven,
e il giorno della Befana del millenovecentoquarantaquattro
mamma e gli zii andarono al mercato delle pulci:
ci comprarono tre libri:
La collina incantata, Nomadi del Gran Nord
e L’ultimo dei mohicani.
Dio sa quante volte avrò letto quei libri.
Mamma ci portò L’ultimo dei mohicani
e mano nella mano con quell’indio solitario
entrammo nel mondo del meraviglioso
e avemmo tutto per sempre.

E mai nessuno ce lo potrà togliere.

***

Los trescientos escalones 

                       A Susy y Margara

     

Estaba todo quieto en la casa apagada.
Hasta el día siguiente, hasta sabe Dios cuándo
el silencio reinaba como un ídolo antiguo.
No funcionaban las leyes de tráfico,
esas imprescindibles ordenanzas
que hay que acatar para transitar el pasillo.
Es como si la noche propusiera una tregua,
como si al apagar la luz se apagara el peligro.
Escucho. Nada. Todos callan unánimes.
Mirar la oscuridad es profesar de muerto:
los ojos van de lo negro que nos habita
a lo negro que nos envuelve.
Somos los apagados, los ausentes,
los que gavillan tiempo en sus muñecas,
somos los auditores del silencio
y ese silencio es como un túnel por el que sólo avanza el tiempo.
No ver, no estando ciegos, es hundirse en el tiempo.

El armario, con su puerta entreabierta, da a las costas de Francia.
Oigo los barcos que salen o entran por el puerto del Havre.
Veo tres niñas muy contentas, en Barcelona,
porque se iban de viaje:
se acababan los bombardeos,
ya no tendrían que esconderse debajo de aquella escalerita
que conducía a las habitaciones superiores
mientras oían, espantadas, el agudo silbido de las bombas.
Nos íbamos, nos íbamos a Francia.
Y así llegamos a Bañolas:
nosotras contentísimas de ver el lago,
papá, mamá y la abuela
arrastrando su corazón, empujándolo a la frontera.
París fue para mí, durante mucho tiempo, un gato.
Había un gato en aquella pobre pensión en que vivimos,
un gato que dormía al lado de una estufa.
Yo nunca vi París: tan sólo vi ese gato.

Y nos fuimos al Havre para tomar un barco.
Nosotras con dos muñecos y un monito,
papá con su caja de pinturas y un sueño acorralado,
un sueño convertido en pesadilla,
un sueño multitudinario
arrastrado como único equipaje
por una inmensa procesión de solos.
Pero aquel barco no llegó a su puerto:
esperamos, mientras mamá, para alumbrarnos,
cantaba algunos días El niño judío: «De España vengo, soy española».

No llegó el barco. Llegaron aviones alemanes.
Hubo que caminar a gatas por las habitaciones del hotel,
que estaba frente al puerto.
Aquel hotel tenía un nombre,
se llamaba «La Rotonde de la Gare».
Papá pintaba. Y como Modigliani,
iba a ofrecer sus cuadros a las gentes. Tampoco a él le compraban.
Nosotras aprendimos francés en dos semanas.

El reloj de La Gare ha dado un cuarto,
papá me dice que levante la cara un poco más,
dos o tres pinceladas y termina el retrato.
Mi padre, no sé bien por qué, me pintó de japonesa.
Para siempre quedé con mi abanico,
con los ojos ligeramente oblicuos y asombrados,
en una edad más bien indefinida
y con una diadema de pensamientos sobre el pelo.

Papá, vamos al puerto, vamos al puerto ahora que hay tiempo
y luego vámonos corriendo a ver el Bois des Alates,
vamos, que se perdió tu cuadro y ya sólo podré verlo contigo y para
siempre.

Papá, perdimos tantas cosas
además de la infancia y los trescientos escalones que tú pintaste
nunca he sabido si para decirnos que había que subirlos o bajarlos.
Y ahora pienso, desde tu mano que me ayudaba a recorrerlos,
que tal vez me dijiste entonces
que había que subirlos y bajarlos
y para eso los pintaste
y para eso pasaste días enteros
pintando una escalera interminable,
una hermosa escalera rodeada de árboles y árboles,
llena de luz y amor,
una escalera para mí,
una escalera para que pudiera subir,
vivir,
y una escalera para descender,
callar,
y sentarme a tu lado como entonces.

Me he levantado para cerrar la puerta del armario.
Está mi casa sosegada,
apenas en el aire zumba tenue la remota sirena de un barco.
Los que más amo duermen:
mi hija arropada en sus nueve años
y Félix indefenso ante sus treinta y ocho.
Al fin se extingue el eco de los barcos.
Vuelvo a la cama.
–Buenas noches, papá. Hasta mañana si Dios quiere. Que descanses.

*

I trecento scalini                      

                       A Susy e Margara

     

Tutto era calmo nella casa spenta.
Fino al giorno dopo, fino a Dio sa quando
il silenzio regnava come un idolo antico.
Non funzionavano le leggi del traffico,
quelle imprescindibili ordinanze
che bisogna rispettare per transitare nel corridoio.
È come se la notte proponesse una tregua,
come se allo spegnersi della luce, si spegnesse il pericolo.
Ascolto. Niente. Tutti tacciono unanimi.
Fissare l’oscurità è professare da morto:
gli occhi vanno dal nero che ci abita
al nero che ci avvolge.
Siamo gli spenti, gli assenti,
quelli che raccolgono tempo nei polsi,
siamo i revisori dei conti del silenzio
e quel silenzio è come un tunnel in cui avanza solo il tempo.
Non vedere, non essendo ciechi, è sprofondare nel tempo.

L’armadio, con la sua porta socchiusa, dà sulle coste della Francia.
Sento le navi che escono o entrano nel porto di Le Havre.
Vedo tre bimbe contente, a Barcellona,
perché andavano in viaggio:
basta con i bombardamenti,
non avrebbero più dovuto nascondersi sotto quella scala
che portava alle stanze di sopra
mentre sentivano, spaventate, il sibilo acuto delle bombe.
Ce ne andavamo, ce ne andavamo in Francia.
E così, arrivammo a Bañolas:
noi contentissime di vedere il lago,
papà, mamma e la nonna
trascinandosi il cuore, spingendolo verso la frontiera.
Per me, Parigi fu a lungo un gatto.
C’era un gatto nella povera pensione in cui vivevamo,
un gatto che dormiva accanto ad una stufa.
Non vidi mai Parigi: vidi solo quel gatto.

E andammo a Le Havre per prendere una nave.
Noi con due pupazzi e una scimmietta,
papà con la sua cassa di quadri e un sogno braccato,
un sogno trasformato in incubo,
un sogno di massa
trascinato come unico bagaglio
da una immensa processione di persone sole.
Ma quella nave non giunse al suo porto:
aspettavamo, mentre mamma, per rallegrarci,
qualche giorno cantava El niño judío: «De España vengo, soy española».

Non arrivò la nave. Arrivarono gli aerei tedeschi.
Dovemmo camminare a quattro zampe nelle stanze dell’albergo,
che stava di fronte al porto.
Quell’albergo aveva un nome,
si chiamava «La Rotonde de la Gare».
Papà dipingeva, e come Modigliani,
usciva per offrire i suoi quadri alla gente. Neanche a lui li compravano.
Noi imparammo il francese in due settimane.

L’orologio de La Gare ha suonato il quarto,
papà mi dice di sollevare un po’ di più la testa,
due o tre pennellate e termina il ritratto.
Mio padre, non so bene perché, mi ritrasse da giapponesina.
Restai per sempre con il mio ventaglio,
con gli occhi leggermente obliqui e sorpresi,
in un’età piuttosto indefinita
e un diadema di viole sui capelli.

Papà, andiamo al porto, andiamo al porto adesso che c’è tempo
e poi andiamocene di corsa a vedere il Bois des Alates,
andiamo, che si è perso il tuo quadro e potrò vederlo solo con te e per
sempre.

Papà, perdemmo tante cose
oltre all’infanzia e ai trecento scalini che dipingesti
non seppi mai se per dirci che bisognava salirli o scenderli.
E ora penso, dalla tua mano che mi aiutava a percorrerli,
che forse mi dicesti allora
che bisognava salirli e scenderli
e per questo li avevi dipinti
e per questo passasti giorni e giorni
a dipingere una scala interminabile,
una bella scala circondata da alberi e alberi,
piena di luce e di amore,
una scala per me,
una scala affinché potessi uscire,
vivere,
e una scala per scendere,
tacere,
e sedermi accanto a te come allora.

Mi sono alzata per chiudere la porta dell’armadio.
La mia casa è tranquilla,
nell’aria ronza tenue la lontana sirena di una nave.
Coloro che più amo dormono:
mia figlia, rimboccata nei suoi nove anni
e Felix indifeso davanti ai suoi trentotto.
Alla fine si spegne l’eco delle navi.
Torno a letto.
– Buona notte papà. A domani se Dio vuole. Buon riposo.

***

Maternidad

Había una vez una niña
que soñaba con ser equilibrista.
Y muchas veces me decía:
                                   «Mamá yo de mayor
quiero ser equilibrista».
Pero como todas las niñas
solía cambiar de opinión todos los días.
Y los jueves decidía que quería ser bailarina
                                                          y los domingos árbol.
Mi hija siempre fue
                       imaginativa arriesgada y rebelde.
Pero nunca hablaba de escribir
                                   aunque escribía.
Era de esperar que no quisiese hablar
                                               de la guerra que iba a empezar.
Tardó mucho tiempo en hablar de sus palabras.
En el fondo ha seguido siempre siendo una equilibrista.

*

Maternità

C’era una volta una bambina
che sognava di essere un’equilibrista.
E molte volte mi diceva:
                                   «Mamma io da grande
voglio essere un’equilibrista».
Ma come tutte le bambine
cambiava idea ogni giorno.
E il giovedì decideva che voleva essere ballerina
                                               e le domeniche albero.
Mia figlia è sempre stata
                       fantasiosa audace e ribelle.
Ma non parlava mai di scrivere
                                   benché scrivesse.
C’era da sperare che non volesse parlare
                                               della guerra che stava per cominciare.
Ci mise molto tempo a parlare delle sue parole.
In fondo ha sempre continuato ad essere un’equilibrista.

***

Paisajes de papel 

                                   A mis hermanas Susy y Margara

    

Aquella infancia fue más bien triste.
Ser niño en el cuarenta y dos parecía imposible.
Nuestra niñez era una mezcla de comprensión y aburrimiento.
Éramos serios y aburridos.
Recuerdo aquellas tardes; eran como el mundo era entonces:
sin resquicios y tristes.
Veo mis pocos años observar con ahínco,
tras el cristal opaco, la calle larga y gris;
el sol estaba lejos y era lo único barato,
lo único que traía alegría sin exigirnos nada.
Veo mi niña, adulta y consecuente
con un programa bien trazado:
crecer, crecer muy pronto, darse prisa
–ser niño era una carga demasiado pesada
para nosotros y para los grandes–.
Sólo en verano el mundo parecía asequible,
durante tres o cuatro meses saltar, correr, era la vida.
Lo gris volvía siempre muy pronto.
Un día amanecimos lentas, crecidas,
llenas de miedo, de presente.
Buscábamos palabras en el diccionario
con el afán de comprenderlo todo:
necesitábamos hacer lenguaje.
Algunos nos miraron con asombro,
decían que éramos inteligentes.
Nosotras, durante los dolientes domingos
dibujábamos inseguros paisajes.
Durante mucho tiempo esas fueron todas mis excursiones.
Salir a un campo que no fuera pintado
suponía gastar unos zapatos.
Salir, salir, ese era el sueño,
abolir a las trenzas, inaugurar la barra de labios:
¡mi reino por un trabajo!
¿Cómo rendir ahora un homenaje a aquellos días?
¿Cómo añorarlos sin desconfianza?
Se arrugaron, igual que los paisajes de papel,
mientras crecíamos hacia este desconsuelo que hoy nos puebla.

*

Paesaggi di carta 

                                   Alle mie sorelle Susy e Margara

     

Quell’infanzia fu piuttosto triste.
Essere bambini nel quarantadue sembrava impossibile.
La nostra infanzia era un misto di comprensione e noia.
Eravamo seri e annoiati.
Ricordo quelle sere; erano come il mondo era allora:
senza spiragli e tristi.
Vedo i miei pochi anni osservare con impegno,
dietro il cristallo opaco, la strada lunga e grigia;
il sole era lontano ed era l’unica cosa a buon mercato,
l’unica cosa che portava allegria senza chiederci nulla.
Mi vedo bambina, adulta e coerente
con un programma ben tracciato:
crescere, crescere molto presto, darsi fretta
– essere bimbo era un compito troppo pesante
per noialtri e per i grandi –.
Solo in estate il mondo sembrava accessibile,
per tre o quattro mesi saltare, correre, era la vita.
Il grigio tornava sempre troppo presto.
Un giorno ci risvegliammo lente, cresciute,
piene di paura, di presente.
Cercavamo parole nel dizionario
con l’ansia di capire tutto:
ci serviva costruire un linguaggio.
Qualcuno ci guardava con stupore,
dicevano che eravamo intelligenti.
Noi, nelle dolenti domeniche
disegnavamo paesaggi incerti.
Per molto tempo queste furono tutte le mie escursioni.
Andar fuori in un campo che non fosse dipinto
significava consumare le scarpe.
Uscire, uscire, quello era il sogno,
abolire le trecce, inaugurare la linea delle labbra:
il mio regno per un lavoro!
Come rendere omaggio ora a quei giorni?
Come rimpiangerli senza sfiducia?
Si sgualcirono, come i paesaggi di carta,
mentre crescevamo a questo sconforto che oggi ci popola.

***

             

La ciociara, Vittorio De Sica, 1960
La ciociara, Vittorio De Sica, 1960

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